domingo, 27 de septiembre de 2009

OSCAR WILDE

Oscar Wilde fue un dandy-poeta, un caballero con metáforas. Su obra invita a evocar la noción del arte como un juego selecto y secreto. Es además percibir el delicado crepúsculo del Romanticismo, la fatigada atmósfera de un invernáculo o un simple y decorativo baile de máscaras. Todas son verdades parciales. Fue, a su vez, a su manera, un Simbolista. En 1891 se dirige a los estetas y diez años luego, a los Decadentes. En verso o prosa, su sintaxis es siempre perfecta, accesible hasta a los extranjeros. En una tarde de lluvia se puede empezar y concluir sin demasiadas dificultades una de sus obras, siendo su métrica (o aparentando ser espontánea); su obra no contiene un solo verso experimental. Pareciera ser de una indolente insignificancia técnica, que sólo nos habla de una cierta grandeza intrínseca. Si su estilo correspondiera al tenor de su gloria, se asemejaría a meros artificios -que abundan, no cabe la menor duda- pero siendo de índole adjetiva; se puede perfectamente prescindir de ellos.Releyéndolo, Borges admite que casi siempre tiene razón; no sólo es elocuente sino también justo: cuando así lo desea, puede ser también perspicaz y observador. Fue acusado de ejercer una suerte de arte combinatoria; quizá la ejerció en alguna de sus bromas cuando afirma:" uno de esos rostros británicos que, vistos una vez, siempre se olvidan". Aunque no podemos sostener lo mismo cuando escribe que; "la música nos revela un pasado desconocido y tal vez real" o "que todos los hombres matan la cosa que aman" o "que arrepentirse de un acto es modificar el pasado" o "no hay hombre que no sea, en cada momento, lo que ha sido y lo que será". Concluye, entonces, admitiendo que son indicios de una mentalidad diversa. Fue un auténtico hombre del S XIX, con un dejo de los juegos del simbolismo, hábil y diestro, un clásico en suma. Le cedió a su siglo lo que el siglo exigía: comedias melodramáticas, junto a los arabescos verbales y todo elaborado con una negligente despreocupación. Su perfección lo perjudicó. Es una obra tan armoniosa que casi resulta baladí. Sería inimaginable el cosmos sin sus delicados epigramas. Paradójicamente su nombre está relacionado con el puritanismo, mientras su gloria se vincula a su condena y a la prisión, aunque el sabor, el aroma de su obra es la felicidad. Pese a sus malos hábitos y desdichas, Oscar Wilde conserva una invulnerable inocencia. Puede prescindir del aplauso de la crítica y más aún, de la aprobación del lector, ya que el placer que nos proporciona su compañía es irresistible y constante. 

 Bibl. Borges, Jorge Luis, "Sobre Oscar Wilde", OTRAS INQUISICIONES, O.C, pág 691-693 edit. Emecé, Bs As, 1974.

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